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  • Agustina Kupsch

¿De qué están hechos los femicidas?

Una mujer es asesinada por un hombre cada 31, 29, 26, 12hs… pero, ¿Importa la cantidad de horas? Si al menos 2 de cada 10 víctimas había realizado denuncias previamente pero no fueron atendidas.





Las fotos en ropa interior de las víctimas son expuestas en los medios una y otra vez mientras se esconde la cara del varón (ya sea como víctima o como victimaria, recordemos el caso de Nahir Galarza); Se les pregunta en vivo mientras relatan una situación de abuso qué llevaban puesto en ese momento, a qué hora sucedió, o qué hacían en la habitación del violador.


En los medios vemos mujeres cosificadas cada día, pero nos horrorizamos cuando escuchamos a esas mismas mujeres hablar o hacer uso de su sexualidad. En la calle una madre le dice a su hijo adolescente que esa chica es una “busquita” y que no se deje “dominar”, otro padre le dice a su hijo de 3 años que “los nenes no lloran” que eso es de “nenita”. La suegra que dejes, que ella levanta la mesa porque el nene está cansado, y que las mujeres en realidad pueden hacerlo mejor.


En el contexto de una sociedad patriarcal que justifica y propicia todo tipo de violencias a diario contra las mujeres y disidencias, ¿Podemos realmente seguir sosteniendo que un femicida o un violador es un enfermo mental?


Si bien en la actualidad hay un acuerdo tácito entre distintas disciplinas para corresponder ciertas carácterísticas entre femicidas y asegurar que no son ni psicópatas ni enfermos mentales, ¿de qué están hechos realmente los femicidas?


Pedagogías de la crueldad


Algunos psicólogxs, sociologxs y antropólogxs afirman que en estos varones suele darse una serie de características constantes, como por ejemplo una crianza violenta y patriarcal, una baja tolerancia a la frustración y la tendencia a despersonalizar a la mujer hasta el punto de objetivarla completamente.


"No hay un goce en el matar o una perversión en el sentido de un goce, sino que lo que hay es un acto de dominio", sintetiza Alejandra Lo Russo, psicoanalista y profesora en la facultad de psicología de la UBA. "Tanto en el femicidio como en otro tipo de violencias extremas, como la violación, no se trata de un goce por una sexualidad desmesurada. Es un acto de afirmación de uno sobre el otro, un acto de objetivación de la mujer. Te mato porque sos mía. Es un acto de apropiación, tanto en la muerte como en la violación ".

Según la experta, al entramado psicológico del femicida se suma muchas veces una cuestión de violencia aprendida en la infancia. "Hay niños que son habilitados al ejercicio de poder sobre otro, son empujados al ejercicio de la violencia; y si el chico no se manifiesta de esta manera, es algo preocupante para la familia. Hay una crianza diferenciada por género que hace que los varones tiendan a asumir esa posición".


Miguel Espeche, psicólogo y coordinador del programa de Salud Mental del hospital Pirovano, afirma que una necesidad de dominio de este tipo obedece en verdad a la fragilidad mental de quien lo ejerce. "La violencia es proporcional a la verdadera impotencia. Se suele ver al femicida como un hombre de gran poder, pero psicológicamente es una persona de extrema fragilidad y de enorme dependencia. Por esa razón tiende a controlar de forma tan patológica al otro".


Para Rita Segatto, antropóloga y Dra especializada en violencias de género no se puede pensar este tipo de violencia por fuera de las estructuras económicas capitalistas que ella denomina “de rapiña”. Dichas estructuras para Segatto precisan de la falta de empatía entre las personas (o en palabras de la autora de una pedagogía de la crueldad) para sostener su poder. El cuerpo de las mujeres es el soporte privilegiado para escribir y emitir ese mensaje violento y aleccionador que cuenta con la intensificación de la violencia mediática contra ellas como “brazo ideológico de la estrategia de la crueldad”.


Para Segatto, la vida se ha vuelto inmensamente precaria, y el hombre, que por su mandato de masculinidad, tiene la obligación de ser fuerte, de ser el potente, no puede más y tiene muchas dificultades para poder serlo. Para ella lo que debilita a los varones y los precariza es “la falta de empleo, la inseguridad en el empleo cuando lo tienen, la precariedad de todos los vínculos, el desarraigo de varias formas, (....) El mundo se mueve de una manera que no pueden controlar y los deja en una situación de precariedad, pero no como consecuencia del empoderamiento de las mujeres, sino como una consecuencia de la precarización de la vida, de la economía, de no poder educarse más, leer más, tener acceso a diversas formas de bienestar”.


Para Rita hay formas de agresión entre los varones que también constituyen formas de violencia de género, ya que ellos son las primeras víctimas del mandato de masculinidad pero advierte: “Con esto no estoy queriendo decir que son víctimas de las mujeres, y quiero dejarlo bien en claro porque se me ha entendido de una manera equivocada muchas veces. Estoy diciendo que son víctimas de un mandato de masculinidad y una estructura jerárquica como es la estructura de la masculinidad. Son víctimas de otros hombres, no de las mujeres.”


¿Entonces, existe una manera efectiva para dejar de fabricar femicidas y violadores?


Más allá de los recursos como tobilleras o botones antipánico, que hasta ahora solo demostraron ser “soluciones” cosméticas, lo que realmente se necesita es un cambio cultural y pedagógico, en el que desde la infancia se generen nuevos lazos sociales y formas de habitar las masculinidades, feminidades, y todas las formas de identidad posibles. Si educamos niñxs empoderadxs, con igualdad, las cosas pueden cambiar, hasta entonces las políticas públicas están llegando muy tarde; la policia y el Estado no nos protege, y nos cuidan solo nuestras amigas.

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